Hay planes que uno cuida con ganas. Mi sobrina Camila llevaba días esperando esa película, eligió la sala, la hora, compró las entradas con ilusión… y a los pocos minutos de empezar, alguien en la fila de adelante sacó el móvil y se puso a grabar la peli. Pantalla encendida, luz constante, imposible no verlo. Lo que iba a ser una buena noche empezó a torcerse rápidamente.

Y claro, pasó lo que suele pasar. No fueron cinco minutos de molestia. Ni diez. Fue toda la película pensando en lo mismo: “qué falta de respeto”, “cómo puede ser”, “la gente está fatal”. Mientras tanto, la historia seguía avanzando en la pantalla, pero ella estaba en otra conversación, una interna, que no paraba. Tener razón no le sirvió de mucho, porque cada vuelta que le daba al asunto era un minuto menos de disfrute.

No les he contado que Camila es una joven bastante crítica tanto con los demás como consigo misma así que, cuando terminó la peli, se dio cuenta de que quien se había amargado la experiencia fue ella. La otra persona, además de hacerlo mal, ni siquiera se enteró del “daño colateral”.

Cuando nos contó esto, termina Camila diciendo una frase que, por cierto fue la que dio origen a este artículo: “la próxima vez o digo algo o cambio mi pensamiento”. ¿No les parece una lección que derrocha sabiduría?

Si lo llevas a la oficina, la escena cambia, pero el mecanismo es idéntico. Ese comentario del jefe en una reunión que no te gustó, esa decisión del departamento de marketing que no compartes, ese correo que te sonó mal… y de pronto te descubres dos días después repitiendo la escena, afinando argumentos en tu cabeza como si todavía estuvieras ahí. El problema no es solo lo que pasó, es todo el tiempo que decides seguir ahí mentalmente sin que nada cambie.

Porque cuando algo te molesta y no haces nada, pero tampoco lo sueltas, te quedas en un punto intermedio que no ayuda: ni resuelves, ni descansas. Lo que plantea Camila es más práctico de lo que parece: o lo abordas —pides una conversación, aclaras, propones— o decides no seguir alimentando ese relato en tu cabeza. Una de las dos cosas, al menos, introduce un cambio.

EL RETO DE LA SEMANA

Identifica una situación de oficina que lleves días rumiando. Pregúntate con honestidad: ¿voy a hacer algo al respecto o voy a cambiar mi pensamiento? Y elige una. No hacer nada mientras lo repites en tu cabeza no cuenta.


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