Hay algo curioso que casi nadie te explica cuando habla de emociones: el cuerpo hace su trabajo bastante rápido. Una emoción, a nivel biológico, es una descarga química que se activa, circula y se apaga. Ese proceso dura alrededor de 90 segundos.
Noventa!!
Lo que ocurre después ya no es química. Es conversación interna.
La verdadera molestia sobre el comentario de tu jefe no dura toda la mañana. Dura un instante. Lo que se alarga es la historia que empiezas a construir: que si no te valoran, que si siempre pasa lo mismo, que si quizá no estás a la altura. Y mientras reproduces la escena una y otra vez, tu cuerpo vuelve a activarse como si estuviera ocurriendo ahora mismo.
Lo mismo pasa con un cliente incómodo. La situación termina, pero tú la sigues proyectando en la ducha, en el coche, en mitad de la cena. No porque siga sucediendo, sino porque la estás reeditando mentalmente. Y cada repetición vuelve a generar la misma reacción.
Aquí es donde viene lo práctico.
Si entiendes que la emoción inicial es automática pero la película posterior es opcional, recuperas margen de maniobra. No decides lo que sientes en el primer segundo, pero sí decides cuánto tiempo lo alimentas. Y eso, en entornos de servicio y trabajo en equipo, cambia mucho las cosas. Porque lo que sostienes por dentro termina notándose por fuera: en el tono, en la mirada, en la paciencia (o en la falta de ella).
EL RETO DE LA SEMANA
Esta semana te proponemos algo muy concreto. Cuando notes una emoción intensa, mira el reloj mentalmente y date 90 segundos sin añadir historia. Solo sensación. Después, pregúntate: “¿Quiero seguir con esta película o la corto aquí?”.
Hazlo varias veces. No para convertirte en alguien frío, sino para ser alguien más consciente. Verás que no todo lo que dura… tenía que durar tanto.

