Estábamos en comité directivo cuando la directora de operaciones soltó algo que parecía menor: “Llegó un mail de Paty pidiendo auxilio”. El CEO preguntó si estaba desbordada. “No”, respondió ella, “va a estarlo… y no quiere colapsar”.
Porque Paty, gerente de diseño gráfico, no escribió cuando ya estaba en modo incendio, respondiendo mails con el pulso acelerado y prometiendo entregas imposibles. Escribió antes. Miró su agenda, hizo cuentas, vio lo que venía y pensó: si sigo así, en dos semanas estaré trabajando con ojeras y mal humor. Entonces decidió mover ficha.
Eso es asumir que tu agenda es tuya. No de tu jefe. No del cliente. No del universo.
La mayoría hacemos lo contrario. Aceptamos tareas como quien mete ropa en una maleta pequeña esperando que, con fe, se cierre sola. Y cuando no cierra, la culpa es del que nos dio la ropa. Pero la agenda funciona más como una nevera que como una maleta: si está llena, algo se queda fuera. Fingir que todo cabe no la hace más grande.
Lo que hizo Paty fue cuidar tres cosas sin dramatizarlo. Cuidó el trabajo, para que saliera bien y a tiempo. Cuidó su reputación, porque entiende que la confianza se construye cumpliendo. Y se cuidó a sí misma, evitando ese estado mental en el que uno trabaja con prisa, angustia y errores evitables.
Recuerda siempre que tu jefe puede asignar tareas. Pero quien decide cómo y cuándo se gestionan, eres tú.
EL RETO DE LA SEMANA
Hoy haz algo incómodo pero útil: abre tu agenda y pregúntate si de verdad cabe todo lo que has dicho que sí. Si ves venir la tormenta, pide apoyo ahora. No cuando ya estés empapado.

